Son las seis de la tarde, se va templando el ambiente que más temprano supo ser un horno, y que por la porfía del Gordo que le echa dos kilos de sal por kilo de carne puesto en la parrilla, y que riega las ensaladas con un chorro grueso que vierte del pico de la caja de 500gms Dos Anclas... por todo eso; a las dos de la tarde cualquiera que haya comido ese asado, lleva tomados entre quince y veinticinco litros de agua, logrando muchos, empacharse con agua; una de las descomposturas peores que experimenta el organismo.
Yo le hice caso a mi viejo y me las aguante a base de chicles y mate amargo, evitando, en lo posible, no fumar esos Jockey cortos que mi tío dejaba en la casilla, tentadores para matar el tiempo y sentirse grande mientras mi viejo dormía la siesta o relevaba a algún maquinista para el mate.
Estábamos en la estancia Santa María, relativamente cerca para volverme sin problemas al pueblo pasando la tardecita, ya que esa noche tenía que jugar un partido impostergable en el gran torneo de Papy fútbol organizado por el Club.
“Yo a las ocho y media me voy sí o sí” Le avisaba encaprichado a mi viejo, que nada había dicho, pero que otros muchachotes lo jodían, y me jodían, con que no me llevara porque estaban complicados y nadie se podía ir temprano. “Vamos a tener que trasladar todo el equipo al lote de la pista en un rato, las máquinas están por terminar el cuadro aquel…” Decía sobreactuando un tolvero de ocasión, empleado de mí tío, a mi viejo, mientras le guiñaba torpemente un ojo.
“No sé, yo me voy sí o sí” Insistí sin bajarle la mirada a mi progenitor, que esta vez habló: “Andáte en el próximo camión que cargue, vas a llegar justo”
Yo soñaba con que me preste la camioneta. Tenía Catorce años, y aunque en el campo era dueño y señor de poder usarla lo que quisiese, no había muchas chances de que esa noche quedaran diez personas para ir en una sola camioneta, los pocos pero poceados kilómetros que había hasta el pueblo, por el hecho incomprensible (para ellos) de que un chico tuviera el capricho de llegar temprano a jugar al Papy.
En fin, la sociedad progresa entre el disenso y la negociación, y traté de ser inteligente y maduro, aceptando irme en el próximo camión que cargáramos. Me iba a sobrar tiempo, inclusive. Claro, si todo salía bien. Pero como reza el dicho ya propio del gremio: “Nunca hay que sacar cuentas de cuando se termina un lote. Se te rompe cualquier boludez… ¿Y?”
Seis y cuarto clavadas y entra a la polvareda por el callejón principal el Fiat azul inconfundible de Tito Pagella. Temprano. Era buena señal. Y para mayor expectativa, tenía tres tolvas llenas para ir cargándole con el chimango.
Las máquinas andaban hechas un relojito. “No paran ni a mear aquellos” Se animaba a decir el Colorado, sin tocar madera, arriesgando ser nombrado “Yeta oficial del campamento” de por vida.
…¡Que temprano me iría a casa! hasta quizá me podía juntar con los chicos un rato antes de ir a jugar…
Descargamos las tres tolvas llenas, serían unos veinte mil kilos. “El viejo” como le decíamos cariñosamente a Pagella, era medio angurrientón para la carga y hasta que no rebalsara el acoplado no salía del campo. Ese gesto, en un día común, era algo que me generaba simpatía: hasta llegué a verlo como un héroe, a él y su camión destartalado pero con el motor más fuerte del mundo, capaz de arrastrar una cosechadora encajada los metros que sean necesarios para remontar al suelo firme. Pero yo me quería ir, y el hombre se iba a quedar el rato que llevase satisfacer a la bestia de dieciocho ruedas y “sobrebaranda”.
“Igual llego bien” Pensaba para tranquilizarme. “Falta mucho” Era otro de los argumentos.
Antes de que lleguen las dos tolvas que yo calculaban sobrarían para llenar el camión, le pregunté a Don Tito si me llevaría. Por supuesto dijo que sí, y enseguida acomodó la cabina para que fuera cómodo sobre un colchón que él usaba en la cucheta.
Llevaba su tiempo descargar las tolvas. No podría precisar con exactitud los minutos, pero seguro alrededor de quince y veinte minutos, según, obviamente, la capacidad de cada una, como también era importante la caída hacia la boquilla que le diera cada estructura. A muchas había que palearlas, más que nada cuando era girasol húmedo. Una porquería.
En una de esas, cuando promediaba la descarga de la primera, me asomé subiendo por la escalera del pecho de acoplado, y allí ratifiqué que alcanzaría bien la carga, y que cuanto mucho, entrarían esas dos completas y nada más. Lo comenté con Pagella, y opinó igual. Me sentía con suerte, y no era de tenerla.
De la alegría que exploraba en ese momento, salía una simpatía exagerada que hacía decir cosas lindas en algún punto, pero falsas en otro sentido. Por ejemplo, abrazar al tipo que quisiste matar durante todo el día, prometerle hacerle pata con una amiga, y cosas por el estilo… parte de la edad también. En este caso yo sólo le dije al Colorado: “Que grande Colo! Dejáme que paleo yo la última tolva, andá a tomar mates…” Y me contestó que no, que estaba podrido de tomar mates, y que se quedaba ahí charlando conmigo. No había sido buen negocio para mí, que sabía bien que aunque haya fallado en una, el Colorado era Mufa y algo iba a arruinar si lo tenía que escuchar…
“¿Te vas con éste viejo?” Preguntó sin titubear.
“Si, me voy con Tito. Voy a ver si llego a jugar. Es temprano” Me apuré a contestar dando mucha información y deseos…
“Si no se encaja allá en la alcantarilla, donde terraplenaron ayer, no se encaja más” Dijo.
¿Por qué tuvo que llamar a la desgracia? ¿No le era más fácil callar ese presentimiento que, si sucedía, se lo iba a cargar a sus espaldas? ¿Por qué el apuro por adivinar las malas primicias?
Se llenó el acoplado con el último grano que largó el chimango. Lo ayudé a tapar a Pagella y salimos en Primera Alta sin pestañear.
Desde la cabina levanté el brazo y el pegué un alarido onomatopéyico, saludando a todos los que se quedaban en el campo, y un poco también, refregándoles que me iba a donde ellos, cansados, ansiaban estar.
“¿Ataste bien la lona donde agarraste vos?” Largó Pagella.
“Si, sí. Até con el moño que les hace usted… o parecido” Le dije, y sonrío.
Luego no hablamos hasta casi la salida del campo, cuando íbamos a cruzar la famosa alcantarilla. Ahí él dijo:
“Acá estaba flojo el piso, me dio la sensación…”
Yo transpiraba una puteada que hubiera dirigido al Colorado.
“… Pero “la vamos” a encarar ligero, y si pasamos, pasamos… Yo creo que sí…” Remató sin esperar devolución alguna.
Sentí alivio cuando dijo que creía que pasaríamos ese tramo. Aunque nunca confié cuando los “grandes” hablaban en plural al momento de tener que sortear favorablemente, y bajo su responsabilidad, algo incierto o complicado.
El chasis pasó bandeando pero firme en su misión. Pero el acoplado se maneó de tal forma que quedó trunco el esfuerzo noble del viejo motor por arrastrarlo. Se había enterrado tanto que, semejante fuerza, sólo logró volcarlo.
A los dos minutos ya estaban todos allí, en el lugar del hecho. Cuando llegaron, el colorado me miró, buscando crédito quizás, por aquello que él había pronosticado. Yo bajé la cabeza y me subí a la camioneta, aferrándome al volante.
Al final me convencí ese día, y comencé a creer en el azar, hasta me volverme totalmente supersticioso.
Me acordé que algunos dicen que es de buena suerte putear a los colorados, y entonces comencé a invertir en mi buena fortuna…
Por otra parte, mi equipo esa noche perdió 3 a 2, dicen que fue un partidazo…
El Colorado había dicho que ganaríamos 5 a 3, y que yo iba a meter tres goles.
No sabía nada…
…Quizá aprendió a cavar con la pala ese día, pues yo me bajé de la camioneta, sólo para fumarme un Jockey Corto que había dejado mi tío en el torpedo.